Es hora de dejar de fingir que las renovables son baratas
Este artículo de Tilak Doshi cuestiona la suposición ampliamente aceptada de que la energía eólica y solar son intrínsecamente “baratas”, y sostiene que, cuando se tienen en cuenta sus costes completos de ciclo de vida, sus exigencias materiales y su intermitencia, las energías renovables pueden resultar mucho más caras de lo que comúnmente se afirma.
En la cacofonía de voces que claman por una apresurada “transición energética” alejándose de los combustibles fósiles, existen varios tópicos que son empleados de forma recurrente por los devotos de la Iglesia del Clima. Durante las últimas décadas, estos tópicos han sido instrumentalizados para convencer a la población profana de ceder todo el poder a burócratas climáticos con el fin de “salvar el planeta”. Uno de los tópicos que impregna los medios de comunicación masivos y los escritos de “expertos climáticos” como Michael Mann y Bill McKibben es el de la energía solar y eólica “barata”. Todo ello a pesar de que el pensamiento mágico de la “nueva” economía energética ha sido desmontado por quienes comprenden y respetan las leyes de la física y de la economía.
Otro tópico que ha ganado tracción entre los ideólogos verdes es la llamada “falacia de la energía primaria”. Los comentarios en redes sociales están plagados de referencias a esta falacia, invocada con frecuencia para mostrar que los combustibles fósiles no necesitan ser sustituidos “uno a uno” por energías renovables “eficientes”. Esta noción, promovida por defensores de la energía eólica y solar como el Dr. Jan Rosenow, investigador sénior asociado en las universidades de Oxford y Cambridge, sostiene que las métricas tradicionales del consumo de energía primaria —que miden la energía bruta extraída de la naturaleza antes de su conversión— subestiman sistemáticamente la contribución de las renovables.
¿Por qué? Porque los combustibles fósiles como el carbón y el gas pierden gran parte de su energía, que se disipa en forma de calor durante la generación eléctrica, mientras que los aerogeneradores y los paneles solares suministran electricidad con una eficiencia casi perfecta. Así, argumentan, comparar las fuentes energéticas sobre la base de la energía primaria penaliza a las tecnologías bajas en carbono “eficientes” e infla el papel de los combustibles fósiles “ineficientes”. Se trata de un ingenioso recurso retórico que presenta a unas renovables poco fiables e intermitentes como los héroes incomprendidos de la descarbonización.
Una falacia que no lo es
Pero basta rascar bajo la superficie para que esta “falacia” se revele como poco más que un juego de manos, una narrativa conveniente para respaldar fuentes de energía costosas y poco fiables a expensas de la racionalidad económica. A partir de los análisis incisivos de defensores del conocimiento energético como Lars Schernikau y Ronald Stein, queda claro que la verdadera distorsión reside en ignorar los costes e ineficiencias a nivel de sistema de la energía eólica y solar, así como los múltiples usos del petróleo y el gas como materias primas para una miríada de productos.
Lejos de constituir una visión progresista, la crítica de la falacia de la energía primaria sirve para ocultar las duras realidades de la intermitencia, la intensidad de recursos y el aumento de costes que aquejan al impulso de las renovables. En una era en la que la seguridad energética y la asequibilidad son primordiales —especialmente para las economías en desarrollo de Asia, África y América Latina—, esta tergiversación amenaza con imponer enormes costes financieros a sociedades que ya se encuentran tensionadas por déficits fiscales y comerciales.
La energía primaria, tal como la definen instituciones como la Agencia Internacional de la Energía (AIE) y BP en sus revisiones estadísticas anuales, contabiliza la energía no procesada procedente de fuentes como el carbón, el petróleo, el gas, el uranio, el viento y la radiación solar. Se refiere al contenido energético total de los recursos naturales antes de que tenga lugar cualquier proceso de conversión. Cuando se transforma en electricidad, las fuentes térmicas como las centrales de carbón operan con eficiencias de alrededor del 35-40 %, mientras que las turbinas de gas de ciclo combinado alcanzan hasta el 60 %. El resto se disipa en forma de calor.
En contraste, la energía eólica y solar convierten sus insumos “primarios” —la energía cinética del viento o la irradiación solar— directamente en electricidad con pérdidas térmicas mínimas, acercándose al 100 % en términos contables. Un ejemplo sencillo, según la convención estadística, ilustra este punto: 100 unidades de energía primaria de gas pueden producir solo entre 40 y 60 unidades de electricidad, mientras que 100 unidades procedentes del viento entregan las mismas 100 unidades como energía utilizable. En los gráficos de energía primaria, el gas parece contribuir más, haciendo que las renovables parezcan marginales.
Debe señalarse, sin embargo, que esta “conversión” con pérdidas térmicas mínimas es enteramente una función de las convenciones contables adoptadas por organismos como la AIE y el Energy Institute (que desde 2023 compila la Statistical Review of World Energy de BP).¹ Las eficiencias reales de conversión de los insumos naturales (energía cinética del viento o irradiación solar) a electricidad están muy por debajo del 100 %, con máximos teóricos de alrededor del 59 % para el viento (ley de Betz) y de aproximadamente el 24-33 % para las células solares fotovoltaicas (límite de Shockley-Queisser). Así, la contabilidad de la AIE pasa por alto las ineficiencias físicas de la energía eólica y solar (típicamente del 15-22 %), donde enormes cantidades de energía natural no se capturan —un despilfarro convenientemente ignorado en estadísticas que penalizan las pérdidas térmicas de los combustibles fósiles.
La “falacia de la energía primaria” es miope, ya que se limita al sector eléctrico, que representa apenas alrededor del 20 % del consumo final mundial de energía. La mayor parte del uso energético —aproximadamente el 80 %— se produce en formas no eléctricas: calor industrial para la fabricación de acero y cemento, gas para cocinar y calefacción doméstica, derivados del petróleo para el transporte y productos petroquímicos para todo, desde fertilizantes hasta plásticos. En estos ámbitos, los combustibles fósiles a menudo prestan servicios energéticos con eficiencias muy superiores a las que admite la narrativa pro-renovable. La combustión directa de gas para calefacción, por ejemplo, alcanza eficiencias del 80-90 %, eclipsando las pérdidas de la generación eléctrica.
El papel indispensable de los combustibles fósiles se extiende mucho más allá del suministro de energía necesario para la civilización moderna. Como subraya Ronald Stein en su trabajo, incluido el libro Clean Energy Exploitations, el petróleo y el gas son las materias primas fundamentales de más de 6.000 productos que sustentan el progreso humano, desde plásticos y cosméticos hasta productos farmacéuticos y amoníaco para fertilizantes.
Estos materiales no pueden ser replicados por las llamadas energías renovables como la eólica y la solar, que solo generan electrones y no ofrecen vías viables para sintetizar los complejos hidrocarburos esenciales para todo, desde dispositivos médicos y electrónica hasta insumos agrícolas que alimentan a miles de millones de personas. El trabajo de Stein en materia de conocimiento energético pone de relieve cómo el fervor descarbonizador pasa por alto esta realidad: sin el amoníaco derivado de combustibles fósiles, la producción mundial de alimentos se desplomaría, agravando el hambre en países en desarrollo que ya enfrentan presiones demográficas.
Los productos petroquímicos derivados del petróleo crudo permiten el envasado estéril de vacunas, los materiales duraderos para las palas de aerogeneradores (irónicamente) y las fibras sintéticas de la ropa. Intentar “electrificarlo todo” ignora que estos productos requieren bloques de construcción moleculares procedentes de combustibles fósiles, no solo electricidad, lo que hace que la transición no solo sea costosa, sino fundamentalmente imposible sin alternativas que no existen a escala. Esta dependencia subraya por qué las métricas de energía primaria son vitales: reflejan la base total de recursos que sostiene no solo la generación eléctrica, sino la miríada de bienes que definen la calidad de vida.
Además, la presunta eficiencia de las renovables se desmorona cuando consideramos la intermitencia de la energía eólica y solar, fuentes que generan electricidad únicamente cuando la naturaleza coopera, normalmente con factores de capacidad del 15-40 % para el viento y del 10-25 % para la solar, frente al 80-90 % del carbón o la nuclear de carga base. Esta variabilidad exige una infraestructura de “redundancia” con centrales de respaldo despachables, en gran medida alimentadas por combustibles fósiles, para cubrir los huecos. Es, en la práctica, pagar dos veces por lo mismo.
Los costes reales de las renovables “baratas”
En Alemania, el niño mimado de la Energiewende (transición energética), la eólica y la solar representan ya más del 50 % de la capacidad instalada, y aun así el país ha tenido que mantener e incluso ampliar centrales de carbón y gas como respaldo. Estas plantas operan con bajos niveles de utilización, quemando combustible de forma ineficiente e inflando el uso de energía primaria. El almacenamiento en baterías a escala de red, a menudo presentado como la solución a la intermitencia, sigue siendo prohibitivamente caro y muy intensivo en recursos. Incluso los Megapacks de Tesla solo pueden proporcionar minutos u horas de respaldo para necesidades a escala de red, y escalar a días o semanas durante periodos de Dunkelflaute requeriría inversiones astronómicas en tierras raras y minerales, gran parte de ellas bajo control de China. Alemania y otros países suicidas desde el punto de vista energético, como el Reino Unido, ostentan ahora algunos de los precios de la electricidad más altos del mundo.
El análisis a nivel de sistema de Schernikau expone el engaño central: aunque aerogeneradores o paneles solares individuales puedan parecer eficientes, su integración en una red fiable erosiona esa ventaja. Para lograr energía despachable —electricidad disponible 24/7/365 con voltaje, frecuencia y fase estables— las renovables requieren una sobredimensión de tres a cinco veces o más, además de sistemas auxiliares como baterías de corta duración y líneas de transmisión mejoradas.
Estas adiciones consumen enormes cantidades de energía primaria en la minería y la fabricación, a menudo no contabilizadas en las métricas estándar. Por ejemplo, producir 1 TWh de electricidad a lo largo de la vida útil mediante energía solar requiere entre 340 y 560 kilotoneladas de acero, además de cobre y tierras raras, frente a solo una o dos kilotoneladas de acero para el carbón o el gas. La eólica no sale mucho mejor parada, ya que exige entre 30 y 50 kilotoneladas de acero y entre tres y seis kilotoneladas de cobre por TWh. La extracción de estos materiales es intensiva en energía y se realiza predominantemente con camiones y maquinaria minera alimentados por combustibles fósiles, incorporando costes ocultos de energía primaria que el método de “sustitución parcial” de la AIE ignora convenientemente al asumir una eficiencia cercana al 100 % para las renovables.
¹ Este artículo fue actualizado en respuesta a los comentarios de lectores que señalaron que las deficiencias de las convenciones de contabilidad energética de la AIE y del Energy Institute tienden a favorecer a las renovables al subestimar las pérdidas de conversión en las tecnologías eólica y solar.
Materiales seleccionados requeridos por la tecnología de generación eléctrica.
Fuente: Schernikau, basado en el Departamento de Energía de EE. UU. Véase también aquí.
Esto nos lleva al retorno energético de la inversión (eROI), una métrica que mide cuánta energía utilizable entrega una fuente en relación con la energía invertida en su extracción, procesamiento y despliegue. A nivel de sistema, el eROI de la energía eólica y solar se desploma hasta entre 5-10 a 1 para la solar y 10-20 a 1 para la eólica (incluso menor con almacenamiento en baterías), frente a 25-30 a 1 para el carbón y el gas y más de 75 a 1 para la nuclear. Schernikau destaca que la corta vida operativa de las renovables —10-20 años para la eólica, 12-15 para la solar— implica que deben sustituirse de dos a cuatro veces durante el ciclo de vida de 40-60 años de una central fósil, generando montañas de residuos y nuevas demandas de energía primaria. Las estadísticas globales de energía primaria minimizan este hecho; en los datos de la AIE de 2024, los 4.655 TWh de energía primaria de la eólica y la solar produjeron 4.623 TWh de electricidad, pero esto excluye la energía necesaria para la sobredimensión y los sistemas de respaldo.
El análisis proporcionado por la animadora de las renovables, la Agencia Internacional de la Energía, omite el hecho de que, a medida que la penetración de las renovables como porcentaje de la generación total de la red aumenta, el valor marginal de cada kWh renovable adicional disminuye. Esto conduce a mayores costes del sistema y, de forma contraintuitiva, incluso a un mayor uso total de energía primaria.
Los críticos de las métricas de energía primaria reconocen las ganancias de eficiencia en tecnologías de uso final como los vehículos eléctricos (VE), que son de tres a cuatro veces más eficientes que los motores de combustión interna. Pero también advierten contra un optimismo excesivo, señalando que la electrificación amplifica las demandas de recursos: los VE requieren seis veces más minerales críticos que los automóviles convencionales, y escalar las renovables para un mundo totalmente eléctrico exigiría entre 12 y 16 veces más minerales en total, además de más de 100 veces más superficie terrestre.
El uso del suelo no es un asunto trivial: los parques solares, con 5-7 MW por km², y la eólica, con 1-2 MW por km², se extienden sobre vastas áreas, generando oposición en comunidades rurales de Estados Unidos, Europa y el Reino Unido. En EE. UU., el trabajo de Robert Bryce sobre una base de datos de rechazo a las renovables ha documentado este fenómeno en detalle. El daño a los ecosistemas y a la flora y fauna causado por parques eólicos y solares ha suscitado la oposición de comunidades rurales y conservacionistas en todo el mundo. Cabe señalar, sin embargo, que con frecuencia empresas rentistas de energía solar y eólica, con modelos de negocio basados en la captación de subsidios y beneficios garantizados, pueden adquirir explotaciones agrícolas y desplazar a los agricultores del sector.
La destrucción de hábitats en áreas destinadas a parques solares y eólicos —que interrumpe medios de vida tradicionales, perjudica el valor de las propiedades, arruina tierras agrícolas vitales, estropea paisajes y mata aves, murciélagos y otros animales— ha sido ampliamente documentada a lo largo de los años en comunidades rurales de todo el mundo. Aún no hemos considerado las vulnerabilidades de la cadena de suministro de los sistemas de energía renovable ni los riesgos geopolíticos: China domina el 80 % del procesamiento de tierras raras y controla además gran parte de la producción mundial de componentes de energía eólica y solar.
El coste total de la electricidad (FCOE), que incluye la intermitencia y la integración en la red, revela que las renovables son mucho más caras de lo que sugiere la engañosa métrica del coste nivelado de la electricidad (LCOE). En Europa, los precios de la electricidad doméstica se han duplicado desde principios de los años 2000, en gran medida debido a los subsidios a las renovables y a las mejoras de la red. La Energiewende alemana ha costado más de 500.000 millones de euros, y aun así las reducciones de emisiones se estancan, ya que el carbón sigue siendo necesario para garantizar la fiabilidad. Las naciones en desarrollo, donde la demanda energética está en auge, no pueden permitirse tales experimentos; el parque de centrales eléctricas de carbón de Asia, el mayor del mundo, sigue expandiéndose rápidamente porque proporciona energía asequible y despachable.
¿Qué falacia de la energía primaria?
En realidad, la “falacia de la energía primaria” es en sí misma una falacia, una distracción de las verdades incómodas de la física y la economía de la energía. Al centrarse en estrechas ganancias de eficiencia, los ideólogos pasan por alto cómo la energía eólica y solar, a gran escala, hacen retroceder a la humanidad hacia sistemas de baja energía neta que recuerdan a épocas preindustriales. Las métricas de energía primaria, lejos de estar obsoletas, iluminan los insumos totales necesarios para sostener sociedades industriales que prometen prosperidad para la gran mayoría de las personas del Sur Global. Hasta que avances en el almacenamiento hagan viables las fuentes de energía intermitentes sin mandatos ni subsidios masivos, los combustibles fósiles —y sí, incluso el “hermoso y limpio carbón” con filtros y equipos de control de la contaminación— siguen siendo indispensables.
Décadas de ilusión y fanatismo en torno a crisis climáticas de origen humano, predichas por modelos científicos basura, chocaron con la realidad al concluir este año el caótico jolgorio climático de la ONU en Belém, Brasil. El documento final de resultados globales de la COP30 —a la que no asistieron los líderes de los mayores emisores de gases de efecto invernadero del mundo, China, Estados Unidos e India— eliminó cualquier mención a la eliminación de los combustibles fósiles. Esto no impidió, sin embargo, que burócratas de la ONU dijeran a sus miembros que deberían triplicar su gasto en la “crisis climática” durante la próxima década.
Los responsables políticos harían bien en atender a expertos en energía como Schernikau y Stein. Perseguir creencias de lujo no cuesta mucho a los bien situados burócratas climáticos ni a los ideólogos de las renovables, pero las cargas de políticas energéticas irracionales recaerán sobre los más pobres del mundo. El verdadero camino a seguir reside en enfoques pragmáticos y tecnológicamente neutrales que prioricen la abundancia energética sobre la austeridad.
Este artículo fue publicado originalmente en The Daily Sceptic.
(Traducido al español para Clintel Foundation por Tom van Leeuwen.)

Dr. Tilak K. Doshi
El Dr. Tilak K. Doshi es editor de energía de The Daily Sceptic. Es economista, miembro de la CO2 Coalition y excolaborador de Forbes. Sígalo en Substack y en X.
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