¡No pueden cancelarte!
En una entrevista reciente con John Stossel, el investigador de políticas climáticas Roger Pielke Jr. describe cómo fue castigado profesionalmente por la Casa Blanca, el Congreso y su propia universidad. Se negó a abandonar sus opiniones: “No pueden cancelarte.”
El investigador de políticas climáticas Roger Pielke Jr. logró recientemente su mayor éxito. Después de una larga y solitaria batalla, el IPCC admitió que los escenarios climáticos más utilizados son poco realistas (véase, por ejemplo: Roger Pielke Jr.: The correction to RCP 8.5 came far too slowly). Pielke llevaba una década insistiendo en este punto importante, pero en la práctica fue marginado debido a sus opiniones sobre el cambio climático.
En una entrevista reciente con John Stossel, Roger Pielke Jr. describe cómo fue castigado profesionalmente a pesar de sostener posturas que, según él, están completamente dentro de la corriente principal de la ciencia climática. El video sostiene que Pielke se convirtió en un objetivo no porque negara el cambio climático, sino porque cuestionó afirmaciones exageradas que vinculaban el cambio climático con desastres meteorológicos extremos (además de los escenarios climáticos, otro tema en el que Pielke ha estado profundamente involucrado).
Puedes ver el video completo aquí:
Pielke afirma repetidamente que acepta el consenso científico de que los gases de efecto invernadero calientan el planeta y que el cambio climático es real. Su trabajo había sido respetado durante décadas, citado por el IPCC y elogiado internacionalmente. Sin embargo, discrepaba con activistas y figuras de los medios que presentaban cada huracán, inundación o incendio forestal como prueba de un apocalipsis climático en desarrollo. Según Pielke, los datos no respaldaban las afirmaciones de que los huracanes y otros desastres se hubieran vuelto significativamente más frecuentes o intensos más allá de la variabilidad natural.
Daños
Su investigación se centró en los daños económicos causados por las tormentas. Argumentaba que el aumento de los costos de los desastres se explica en gran medida por el crecimiento de la población, el desarrollo urbano y el incremento de la riqueza en áreas vulnerables. Por ejemplo, un huracán que golpee el Miami actual causaría naturalmente mucho más daño que una tormenta similar hace un siglo, porque hoy existen muchísimos más edificios e infraestructuras costosas en su trayectoria.
Aunque océanos más cálidos pueden contribuir a tormentas más fuertes, Pielke sostuvo que la atmósfera es demasiado compleja como para atribuir directamente cada tendencia de desastre al cambio climático.
La controversia se intensificó después de que activistas ambientales y organizaciones progresistas decidieran enfatizar los fenómenos meteorológicos extremos como la principal imagen pública del cambio climático. Pielke afirma que eso lo colocó “en el lado equivocado”, porque sus hallazgos contradecían esa narrativa. Recuerda haber recibido advertencias de colegas científicos que le decían que incluso investigaciones correctas podían ser “malinterpretadas” como una minimización del cambio climático. Pielke asegura que se negó a modificar sus conclusiones para satisfacer expectativas políticas.
La entrevista describe cómo organizaciones asociadas al movimiento ambientalista comenzaron entonces a atacarlo agresivamente. En particular, el centro de estudios de tendencia progresista Center for American Progress y su medio afiliado ThinkProgress supuestamente publicaron ataques reiterados acusándolo de difundir desinformación y engañar al público. Pielke afirma que correos electrónicos filtrados revelaron posteriormente conversaciones en las que se celebraban los esfuerzos para “silenciarlo públicamente”. Se convirtió en un enemigo público dentro de los círculos activistas a pesar de basarse en hallazgos que también estaban incluidos en informes del IPCC.
La Administración Obama
La situación se intensificó después de que Pielke testificara ante el Congreso que los datos históricos sobre desastres no mostraban aumentos atribuibles al cambio climático. Tras su testimonio, funcionarios de la administración Obama lo atacaron públicamente. Stossel destaca que el asesor científico de Barack Obama publicó un extenso memorando criticando personalmente a Pielke y calificando sus declaraciones como engañosas y fuera de la postura dominante. Pielke consideró esto extraordinario, ya que su trabajo estaba directamente respaldado por literatura científica reconocida.
Poco después, miembros del Congreso exigieron investigaciones para determinar si Pielke y otros investigadores habían recibido dinero secretamente de compañías de combustibles fósiles. Aunque la investigación no encontró evidencia de financiación inapropiada ni de mala conducta científica, Pielke afirma que la acusación por sí sola dañó gravemente su reputación. Las invitaciones para conferencias desaparecieron, la cobertura mediática se centró en las acusaciones más que en su posterior exoneración, y la sospecha persistió a pesar de haber sido reivindicado.
Según Pielke, las consecuencias más dolorosas provinieron de su propia universidad. Después de años de investigación exitosa y millones de dólares en subvenciones, afirma que la Universidad de Colorado Boulder comenzó gradualmente a marginarlo. Su centro de investigación fue cerrado, sus responsabilidades docentes se volvieron irregulares, desapareció el apoyo administrativo y finalmente fue relegado a una pequeña oficina llena de archivadores vacíos. Según relata, algunos colegas tenían miedo de defenderlo públicamente porque temían convertirse también en objetivos.
Pielke describe la experiencia como una lenta campaña de aislamiento profesional más que como un despido directo. Dice que los administradores universitarios ignoraron repetidas quejas y nunca ofrecieron una explicación significativa sobre el trato que recibió. Cuando se retiró tras 24 años, asegura que nadie de la dirección universitaria se puso en contacto con él.
Finalmente, Pielke dejó el ámbito académico y pasó al American Enterprise Institute, donde afirma disfrutar ahora de mayor libertad académica que la que tuvo durante sus últimos años en la universidad. A pesar de todo lo ocurrido, insiste en que realmente no fue “cancelado”, porque continuó hablando públicamente y se negó a abandonar sus opiniones. La entrevista presenta finalmente su historia como una advertencia sobre el conformismo ideológico, la presión política y los peligros de castigar a académicos que cuestionan narrativas dominantes aun cuando aceptan la ciencia subyacente.
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