La disolución inevitable del culto climático
El colapso del Acuerdo de París y el desenmascaramiento de la ilusión del cero neto nunca fueron difíciles de prever para cualquiera que conservara un mínimo de honestidad intelectual. No hacía falta un título académico rimbombante ni un posgrado avanzado. La advertencia estaba grabada profundamente en la piedra de la realidad energética, algo que ningún comunicado de prensa, ningún lobby activista ni ninguna fundación financiada por multimillonarios podía borrar.
La mayoría de las naciones —especialmente aquellas que aún están construyendo su futuro— ofrecieron poco más que asentimientos vacíos a los objetivos climáticos. Su participación fue una búsqueda transparente de influencia política. La cruzada climática sobrevivió secuestrando a la clase política, manipulando datos a través de científicos complacientes y convirtiendo a imperios mediáticos en megáfonos del miedo.
Bill Gates se retiró recientemente de la primera línea del alarmismo climático en un ensayo publicado con ocasión de la COP30 de las Naciones Unidas, la reunión anual de moralistas que viajan en jet privado. Gates reconoce —en consonancia con un reciente informe del Departamento de Energía de Estados Unidos sobre el dióxido de carbono— que el mundo no se derrumbará a causa del cambio climático.
Ha pedido un cambio de enfoque hacia necesidades más inmediatas. Gates afirma que seguiremos dependiendo de los combustibles fósiles durante décadas, que ninguna tecnología por sí sola puede descarbonizar la economía global y que el ritmo del cambio será lento. Su reacción refleja los restos de una ideología tras chocar con las leyes de la física.
En recientes campañas electorales en Nueva York, algunos de los apóstoles más conocidos del Green New Deal, como Alexandria Ocasio-Cortez y Bernie Sanders, vieron cómo su evangelio climático era desplazado a un segundo plano y dejaba de dominar el escenario. Los votantes escucharon más sobre vivienda, empleo y seguridad pública que sobre descarbonización, parques eólicos marinos o créditos de carbono.
Estos son indicios de un movimiento más amplio que está en marcha, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo.
En el Mar del Norte británico y frente a la costa este de Estados Unidos, grandes proyectos eólicos están siendo cancelados. El llamado acero verde tiene dificultades para competir con el acero convencional producido a partir de combustibles fósiles. Las compañías petroleras, tras gastar durante años miles de millones de dólares en marcas “verdes” y gestos de virtud, están dando marcha atrás discretamente en sus ambiciosos objetivos climáticos.
En 2025, Argentina sorprendió a las instituciones internacionales al retirarse del Acuerdo de París. El presidente Javier Milei declaró que su país ya no se “arrodillaría ante burócratas climáticos”. China continúa construyendo centrales eléctricas de carbón a un ritmo acelerado, añadiendo más capacidad de carbón que el resto del mundo combinado. El consumo de carbón en la India se encuentra en niveles récord, y el gobierno está subastando agresivamente nuevos bloques carboníferos.
Las economías en desarrollo de Asia y América del Sur saben que la supervivencia requiere carbón, petróleo y gas natural. Los líderes africanos buscan aprovechar las reservas de hidrocarburos del continente para impulsar el desarrollo económico.
La frágil estructura de la descarbonización global dependía de la financiación de su principal patrocinador: Estados Unidos. Cuando ese flujo de dólares se detuvo con la llegada de la administración Trump, el desvanecimiento de una narrativa climática ya decrépita se aceleró. Lo que queda ahora es desenmascarar por completo el fraude más pernicioso del siglo XXI y educar a una generación adoctrinada en escuelas públicas y universidades dominadas por la ideología woke.
La verdad ha ido emergiendo poco a poco. Se nos dijo que los incendios forestales eran inéditos, pero los datos históricos muestran que su frecuencia ha disminuido a nivel global. Se nos dijo que el Ártico quedaría libre de hielo, pero sigue congelado. Se nos habló de una crisis alimentaria impulsada por el clima, cuando el ligero calentamiento y el aumento del CO₂ —un nutriente esencial para las plantas— han contribuido al reverdecimiento global y a cosechas récord. El suministro de alimentos es hoy más seguro, no menos.
La brecha entre las predicciones alarmistas y la realidad observada ya no puede ocultarse. Algunos científicos engañaron deliberadamente al público mediante datos seleccionados a conveniencia, forzaron modelos informáticos hasta obtener el resultado aterrador “correcto” y etiquetaron cualquier fenómeno meteorológico natural como “prueba” del cambio climático. Lo que se presentaba como “consenso” no era más que un cártel de aprovechados alimentándose de la culpa pública y del dinero de los contribuyentes.
Esto no fue investigación científica de buena fe, sino un relato diseñado para asustar, controlar las decisiones de los consumidores y justificar una reorganización política y económica de gran escala. Gran parte del público, percibiendo esta falta de honestidad, ya no escucha. La autoridad de los “expertos” climáticos ha quedado dañada, quizá de forma irreversible. Sus alarmas constantes nunca lograron hacer realidad la supuesta amenaza climática.
El culto climático declaró la guerra a los mismos motores que sacaron a la humanidad del hambre y la penuria. Su legado es el vandalismo económico y la degradación moral. El hechizo se está rompiendo, y lo que emerge entre los escombros no es la desesperación, sino la liberación: el largamente esperado regreso de la razón a un mundo mantenido como rehén por el miedo.
Este comentario fue publicado originalmente en The Hill el 9 de diciembre de 2025.
(Traducido al español para Clintel Foundation por Tom van Leeuwen.)

Vijay Jayaraj
Vijay Jayaraj es asociado de Ciencia e Investigación en la CO2 Coalition, con sede en Fairfax, Virginia. Posee un máster en ciencias ambientales por la Universidad de East Anglia y un posgrado en gestión energética por la Universidad Robert Gordon, ambos en el Reino Unido, así como un título de ingeniería por la Universidad Anna, en la India.
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